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Reflexiones sobre el llamado de Dios

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Era agosto 6 de 2005 y me encontraba en un viaje de 32 horas yendo al Seminario Teológico Nazareno Sudamericano en Ecuador. Poco después de llegar fui a la oficina del Vicerrector Académico. Me acuerdo que él me preguntó, “¿Tienes un llamado de parte de Dios?” “Sí” –le contesté. “¿Cuál es tu llamado específico?”, –continuó. No tuve palabras para responderle. Sabía que Dios me había llamado al ministerio pero “¿qué ministerio?”
 
Su pregunta puso en mi mente un deseo por descubrir la manera específica en la que Dios quería usarme. Ahora, 7 años después, tengo la convicción de que Dios me ha llamado a servir como misionero en Asia a través de la predicación, la enseñanza y el evangelismo. En este artículo quisiera compartir contigo algunos de los elementos que me ayudaron a llegar a esta conclusión así como también algunos de los beneficios que encontré al haberlo hecho.
 
Elementos para descubrir el llamado
El primer elemento que me ayudó a descubrir mi llamado fue un correcto equilibrio entre misticismo y pragmatismo. En otras palabras: Un justo medio entre estar con Dios y hacer para Dios. No basta con enfocarnos en oración y el desarrollo de nuestro ser mientras ignoramos las posibilidades de ministerio que están disponibles para nosotros. No debemos rechazar las oportunidades inmediatas de servicio en nuestra comunidad sólo porque estamos orando para ir como misioneros a un lugar distinto.

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Tampoco está bien enfocarse en actividades de tal manera que olvidemos buscar y escuchar a Dios para tener dirección en nuestra vida; estar ocupado no es sinónimo de espiritualidad. ¿Cuál es el justo medio entonces? Esa es una pregunta que tú debes contestar. De seguro cuando estés ahí sabrás que lo has hallado. Algunas personas son pragmáticas por naturaleza, otras son naturalmente místicas pero todas necesitan un poco de ambas facetas.
 
Un segundo elemento en el descubrimiento de mi llamado fue la identificación de mis sueños, pasiones, talentos naturales y dones espirituales. Si vives una vida en el temor de Dios, tus sueños y pasiones, al menos en parte, van a reflejar la naturaleza del llamado que Dios tiene preparado para ti. En mi caso, por ejemplo, desde que era un niño, y mucho antes de mi conversión, dos de mis grandes pasiones eran el mundo asiático y la vida académica. Mi sueño era llegar a ser un científico. Aunque eso no era exactamente lo que Dios tenía en mente para mí, sí era un preludio de lo que sería su llamado.
 
Sin embargo, estos sueños y pasiones deben ser analizados a la luz del grupo específico de talentos naturales y dones espirituales que el Señor te ha dado. Para hacer esto necesitas prestar especial atención a las observaciones de la buena gente que te rodea, en especial la gente de tu iglesia local. Te darás cuenta de que tanto tus fortalezas como tus debilidades son más fáciles de evaluar objetivamente para ellos de lo que lo es para ti.
 
El elemento final para descubrir mi llamado es también el más simple y más significativo para mí. El llamado del Señor demanda determinación espiritual. El llamado al ministerio es espiritual por naturaleza y simples estrategias humanas no bastan para recibirlo. La determinación espiritual implica intencionalidad, disciplina e intensidad para buscar la voluntad del Señor y el testimonio de su Espíritu1. La respuesta de Dios puede venir a través de un momento de oración, a través de la Santa Escritura, las palabras de otra persona y muchas otras formas dignas de un Dios creativo como el nuestro. Lo que es seguro es que la determinación espiritual desemboca en convicción de parte del Espíritu Santo, y esta convicción, al contrario de la emoción humana, permanecerá firme incluso si las circunstancias cambian.
 
Beneficios de tener claridad acerca del llamado
Ahora bien, te puedes estar preguntando “¿realmente vale la pena molestarse para conocer el llamado de Dios a mi vida?” “¿Acaso no puedo ser un buen cristiano sirviendo en lo que sea?” Mi respuesta es “Sí, puedes ser un bueno cristiano, pero también creo que Dios te creó para mucho más que eso”. Déjame por favor compartir algunos de los beneficios que veo en tener claridad sobre el llamado del Señor.
 
En primer lugar, el llamado te da un sentido de dirección. En mi región tenemos un dicho, “si no sabes para dónde vas, cualquier bus te sirve”. En verdad, si no has fijado una meta vas a perderte en la carrera, o peor aún ¡puede que ni siquiera la empieces! Esto me lleva al segundo beneficio.
 
El llamado maximiza los frutos de tu ministerio. No me refiero a meras estadísticas o a aparente popularidad. Más bien me refiero a una cuestión de enfoque. Hace varios años tomé la decisión de no invertir mi tiempo y energía en nada que no contribuya, al menos en parte, al cumplimiento de mi llamado. Esta decisión ha traído sorprendentes beneficios a mi vida. Efectivamente, cuando decides en tu corazón concentrar tus energías, talentos y tiempo en el área específica a la que Dios te ha llamado, vas a hacer las cosas de una forma más efectiva y tu ministerio va a dar un fruto más abundante.

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En tercer lugar, el llamado del Señor te da seguridad y paz. Cuando tienes la certeza de que estás justo en el lugar en el que Dios quiere que estés, haciendo justo lo que Él te ha llamado a hacer, ¡es ahí cuando todo se hace más fácil! No estoy diciendo que el llamado elimina los obstáculos, ¡todo lo contrario! Sin embargo, no hay nada mejor que saber que Él te ayuda a sortear esos obstáculos y te protege porque estás haciendo su voluntad y no la tuya. Esta seguridad y paz del Señor también te fortalece para “toda paciencia y longanimidad”2 y es eso lo que hará toda la diferencia en tiempos de crisis.
 
La letra pequeña del texto
Déjame concluir diciendo que el llamado del Señor siempre demanda una respuesta de nuestra parte. Antes de preguntarte si Dios te está llamando a ser un misionero(a) deberías preguntarte si de verdad estás dispuesto a rendir todo lo que eres y tienes. Cuando le pedimos a Dios en fe que nos muestre su llamado, es como si estuviéramos abriendo una “galleta de la fortuna” preparada en el cielo, ¡no sabemos qué vamos a encontrar! En mi caso esto significó tener que dejar la universidad, mi familia y amigos para empezar un peregrinaje que me ha formado por los últimos 8 años y me ha llevado tan lejos como se puede estar de mi país.
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También debo advertirte que el llamado del Señor es un llamado a aprender. Dios no te llamará a hacer algo sobre lo cual ya tienes dominio. Él es un Dios de retos y cualquiera sea tu llamado de seguro involucrará aprender nuevas cosas, salir de tu zona de comodidad y ser puesto en situaciones en las que tendrás que reconocer cuán poco sabes. Esto es especialmente cierto para el ministerio misionero en el cual cosas cotidianas como comer o saludar se pueden convertir de repente en acertijos antropológicos. Pero no temas, aquellos que han ido antes de nosotros, y yo también en mi corta experiencia, te podemos asegurar que avanzarás y ¡serás no sólo un mejor ministro sino también una mejor persona!
 
Mi oración por ti es que puedas vivir una vida digna del llamamiento que has recibid3; en el nombre de Jesús, Amén.
 
-- Ánderson Godoy graduó con una Licenciatura en Teología del Seminario Teológico Nazareno Sudamericano en Quito, Ecuador, y tiene un llamado a servir en Asia. Actualmente está estudiando una maestría en el Seminario Teológico Nazareno de Asia-Pacífico en Filipinas.
 

1 Véase Romanos 8:16.
2 Colosenses 1:11.
3 Efesios 4:1. NVI.

 

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