Cuando el llamado es a enviar

Cindy Schmelzenbach
Wednesday, August 28, 2013

ImageMi padre se venía deteriorando físicamente durante varios años, y finalmente culminó su travesía en el mundo hace unos días. He estado procesando el hecho de que no volveré a verlo—al menos no en esta vida. Recientemente mi hija me recordó una conversación que tuve con mi papá cuando nos encontrábamos en familia durante una de nuestras primeras asignaciones de hogar. Fue una conversación en la que papá habló acerca del día en que él falleciera.

"Por supuesto." Mi papá frunció el ceño y frotó su mentón, lo cual era señal de que estaba por decir algo muy profundo. "Por supuesto, deseo ver a Jesús más que nada; pero existe otra persona acerca de la cual he estado leyendo, con quien me gustaría sentarme a conversar cuando llegue al cielo."

"¿De quién se trata, papá? " Le pregunté.

"Zebedeo."

"¿Zebedeo?"

"Si... Creo que se cómo él se sentía y me gustaría hablar con él. Él era un buen padre. Tenía un negocio familiar. Educó a sus hijos para que supieran cómo ganarse la vida mediante la pesca, invertió en ellos, les enseñó, sufrió a través de sus errores juveniles, y aparentemente también a través de sus temperamentos. Todo esto lo hizo pacientemente, esperando el día en que crecieran y operaran los botes de pesca junto a él, y eventualmente entregarles la posesión de todo ello a sus hijos, Santiago y Juan. 

"Pero Zebedeo era además un hombre que había depositado su fé en el Dios verdadero, y vivía en espera de la llegada del Mesías prometido. Durante las largas horas dedicadas a enseñarle a sus hijos cómo pescar, cómo remendar redes, cómo observar el clima, él también les enseñaba acerca de un Dios con el cual ellos se encontraban en una relación de pacto, y de lo que ello significaba. Él les enseñaba acerca de la promesa de enviar a un Mesías que redimiese lo que se había perdido, y cómo observar, reconocer y esperar su llegada.”

"Así que cierto día ellos se encontraban ocupándose de su negocio como de costumbre—pescando, remendando redes, preparándose para la siguiente partida—y allí aparece un extraño, caminando a lo largo de la orilla del lago. Camina por donde ellos se encuentran y luego mira hacia atrás por sobre su hombro, asiente con su cabeza mirando a Santiago y Juan y les dice, “Síganme.” Y eso hicieron. 

"Ellos soltaron sus redes y se alejaron de su papá; ellos siguieron a Jesús. Así es que la historia cuenta acerca de estos jóvenes y de sus compañeros, y de cómo el Dios del universo los llamó a nada más que a cambiar al mundo.”
¿Y qué pasa con Zebedeo? ¿Qué fue de este hombre que había criado a sus hijos para vivir a la espera del llamado del Maestro y así reconocerlo, para que en aquél día ellos dejaran todo y lo siguieran? ¿Y cómo resularon ser el resto de los días de Zebedeo?

Papá decía, “puedo imaginarme a este viejo hombre: en un momento esta trabajando con las redes junto a sus hijos; luego un extraño se acerca y dice, ‘síganme’ y de un momento a otro él se encuentra solo junto a su bote, con las redes desparramadas a sus pies. Se encuentra solo, con su corazón paternal lleno de emociones encontradas de dolor y alegría, agradecido por el llamado para las vidas de sus hijos, pero muy conciente del dolor mientras susurra un adiós. Jesús llama a sus hijos, quienes escuchan el llamado del Maestro y responden, ‘si’ alejándose junto a él.”

En realidad, Papá, creo que Zebedeo también escuchó el llamado. Él lo había escuchado varios años antes—el llamado a alimentar la fé de sus hijos, el llamado a enseñar principios de integridad, paciencia y fidelidad. En aquél día, Zebedeo escuchó el llamado a enviar, a dejar ir aquéllo a lo que él más atesoraba para cumplir el propósito del Maestro. Éste fue un llamado a apoyarlos, a amarlos, a orar por ellos, a enviarlos.

Los otros días me encontré en la cima de una montaña en Nuevo Méjico, donde le dije adiós a mi papá. Si pudiera decirle algo a él, le diría, “Papá, tú y Mamá, así como Zebedeo, escucharon el llamdo mucho antes de que sus hijos lo hicieran, y respondieron con un rotundo ‘¡SI!’”

Al crecer nuestros hijos, convirtiéndose en adultos y al comenzar sus propias travesías por la vida en respuesta al llamado del Maestro a seguirle, me encuentro extrañamente a ambos lados del llamado: el llamado a ir, pero al mismo tiempo, el de enviar. Me he familiarizado con la extraña mezcla de alegría y dolor experimentada por el que envía, y al mismo tiempo tengo una nueva apreciación por quienes me han enviado—aquéllos quienes me permitieron el privilegio de responder al llamado del Maestro para ir a lugares lejanos, respondiendo primero al llamado a enviar.

ImageAsí que para todos aquéllos quienes tienen el llamado a enviar—las madres, los padres, las hermanas y hermanos, hijos e hijas, cuyo llamado es el de enviar a sus seres queridos a tierras lejanas, a otras tribus y lenguas; a sacrificar días de sus vidas juntos y recuerdos que jamás serán creados, así como festividades que nunca serán compartidas—nosotros los que vamos les decimos ¡gracias! Decimos que el llamdo a ir no está completo sin, y no es mayor que el llamado a enviar, y nos regocijamos al saber que somos colaboradores junto a Dios en la tarea de redimir lo que se había perdido. Tanto a los Zebedeos como a los Santiagos y los Juanes de este mundo, ¡el llamado del maestro es igualmente importante!

Mi papá finalizó su carrera en el mundo el viernes 17 de Julio de 2013. Hablé con él unas horas antes de su último aliento—lo llamamos desde la costa sur de una isla en el Pacífico Sur y le dije gracias por enseñarme lo que necesitaba para mi salvación, por modelar lo que significa vivir en obediencia a Cristo, y por hacerme libre para seguir al Maestro donde me guíe.  

Encuentro completa paz al saber que en el momento que Papá dió el paso hacia la eternidad, el deseo más profundo de su corazón fue satisfecho al mirar al rostro de su Redentor y escuchar las palabras, “¡Bien hecho!” Pero también se alegra mi corazón al pensar en Papá, recorriendo las orillas de algún lago celestial hasta encontrarlo.

"¿Zebedeo? ¿Será que tienes tiempo para tomar una taza de café?"

-- Cindy 'Thornton' Schmelzenbach es misionera en Melanesia, en el Pacífico Sur, junto a su esposo Harmon. Su hija, Danielle 'Schmelzenbach' Stephenson, contribuyó a este artículo.

*Traducción por ed Brussa.